Íbamos Polita y yo por una autopista camino del aeropuerto cuando de repetente arriba a mis delicadas fosas nasales una tufarada indescriptiblemente nauseabunda.
De repente un sospechoso silencio se hace dueño y señor del coche mientras mis pensamientos volaron a la tostada de mantequilla y mermelada de fresa que Polita se había "jincado" en el desayuno.
- "Desde luego se ha quedado nueva" - me decía a misma.
A punto casi del desmayo la miré a la cara a ver si estaba roja y algo la delataba, pero nada, yo la veía tan tranquila.
Tres segundos más tarde y para mi alivio, Polita se lanzaba al botón de abrir la ventanilla.
- "Por fin aire fresco, si tarda un segundo más caemos redondas las dos"- me volví a decir a mi misma.
Los 21ºC de calefacción huyeron despavoridos al contacto con el aire que entró de afuera, pero hete aqui que fue peor el remedio que la enfermedad.
Yo que no hacía más que maldecir a la pobrecita mia y ponerla de cochina para arriba por haberme dejado rubia tras expeler su (ya asignada por mi) ventosidad supersónica, superpestosa y superrepugnante, me di cuenta que al abrir la ventanilla, el peste se multiplicada por 1000.
Mientras yo lo achacaba a la tostada con mantequilla y mermelada de fresa, ella pensaba "esta chica está podrida, la tostada de jamón y tomate le ha sentado fatal"
