lunes, 1 de octubre de 2007

De cómo L.B. devolvió la vista a un ciego

¿Dónde cenamos?
Esa fue la única pregunta que sobró en toda la noche.
Estaba claro que iríamos al famoso pueblo de cuyo nombre Little Britain casi no quería oír hablar.
Sito y yo habíamos reservado en el sitio que más apropiado nos pareció, y tras recoger a Veri de las mismísimas vías del AVE en St. Justine Station nos decantamos por ir a tomar una tila dado el estado en el que L.B. había vuelto de esa tienda extranjera de muebles para montar a la que tan aficionado es, y así también hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de cenar.
Paka estaba agotada, aún así seguía riéndose con los mismos chistes y prestaba atención a todo lo que decíamos incluso cuando hablábamos en español.
L.B. se tranquilizó y volvió a ser él, menos en el momento en que nos contó que le hizo fotos a la matrícula del coche que había aparcado detrás y casi encima de ellos.

Lluvia en Sevilla City.
Caían chuzos de punta, pero la hora de cenar estaba próxima, así que carretera y manta.
Llegamos al restaurante. Paka pidió lenguado a la plancha y el resto (menos yo) carne.
Admirando estábamos las paredes del local (pintadas en verde lima) y las cornisas de escayola del techo (en naranja) cuando de repente Vericueta Di Piu comienza a hacer extraños movimientos con la cara. Pensé que le hacía carantoñas a cualquier bebé de por allí, pero como no había niños por ningún sitio le pregunté qué le pasaba.

- Me molestan las lentillas.
- Uf, no sabes como te entiendo. Pues quítatelas, total, son de usar y tirar.
- Pues si, es verdad.

Y ahí fue cuando empezó a fraguarse el milagro.
Veri dejó las lentillas sobre la mesa, y L.B. que estaba justo enfrente vio la ocasión de hacer una buena obra. Le quitó el plato a Paka y tras hacer una arcaica prueba de la anestesia consistente en toquetear la espina dorsal con los dedos índice y corazón de la mano derecha y comprobar que el lenguado no se movía, procedió a llevar a cabo el difícil reto de despejar de tinieblas la visión de un pobre pez a la plancha reciclando en lo que yo llamaría una magnífica obra de ingeniería las lentillas de Di Piu y colocándoselas sobre el iris (que costó lo suyo identificar).
Justo vinieron a retirar los platos en ese momento y no pudimos comprobar si el animalito en cuestión pasó del postoperatorio, pero lo que si certifico es que hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano y con la mayor asepsia del mundo. Una lástima no tener Germolín y una venda en disposición.

Lo de que aquella noche no tuvieran flan-puding de postre porque no hubo producción regurgitosa por parte de los clientes lo dejaremos para otra ocasión, momento en el que contaré también como Venus se despachó a gusto con el navarro que llamó por teléfono…




1 comentario:

Anónimo dijo...

¡¡¡¡Parece mentira que después de tantos años conocíendonos no te hayas dado cuenta de mis tics!!!! Por cierto, no eran lentillas sino un ojo de cristal...jeje.
Menuda descripción tan perfecta de lo acontecido aquella noche. Espero muchas cenas como esta y con toda la gente que vale la pena. (Que me consta que de los que leen este blog hay bastantes).